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La Delgada Lí­Nea Marrón

I.

Existe una lí­nea marrón que divide a la humanidad en dos grandes grupos: aquellos que nacen por encima de la lí­nea de flotación y tienen una vida, y los que nacemos hundidos en la mierda y tenemos que darnos de hostias por salir a respirar. Hay varios factores que determinan en qué lado de la lí­nea se nace. El primer factor es el apellido. No es lo mismo llamarse Fuckowski a secas que Borja Pijoski Sáez de la Minglanilla. Eso marca mucho, confiere estilo. Vende.
Luego también cuenta el nacer en la capital de capitales, en una casa totalmente pagada, zona residencial Verde que te quiero verde (verde dólar, verdes prados) e ir en autobús privado al Colegio Mayor Santí­simos Hermanos Pomposos en lugar de nacer en una capital de provincias, entre cuatro paredes con doble hipoteca en la Barriada del Perro Muerto e ir andandito al Instituto de Bachillerato Sálvese quien Pueda.


Pijoski y yo nos conocimos en verano. Sus familia habí­a comprado un chalet en mi ciudad, en primera lí­nea de playa, para pasar allí­ quince dí­as al año.
Yo habí­a aprobado la selectividad con buena nota y me habí­a matriculado de Ingenierí­a Técnica en Pito del Sereno, aunque no estaba precisamente de vacaciones. Por las mañanas cogí­a la bici y me iba a un curso intensivo de inglés (en el Sálvese Quien Pueda el nivel estaba muy por debajo de la lí­nea de flotación), y luego le daba clases particulares de matemáticas a un enano violento e hiperactivo por cien duros la hora, para poder pagarme las cervecitas.
Luego me iba a la playa. Pijoski habí­a suspendido todo el COU, pero se habí­a sacado el carné de conducir y le habí­an comprado un Golf. Cada vez que me invitaba a un café pagaba con un billete de cinco mil, nuevecito. Luego metí­a la vuelta en la cartera de piel, que dejaba junto al teléfono móvil y las llaves del Golf.
-El Golf viene con aire acondicionado de serie -decí­a.
Solí­amos pasar las tardes cerveza en mano, charlando sobre el futuro.
-No quiero que se acabe el verano, pero el enano me tiene hasta los cojones, tí­o. ¡Qué ganas de perderlo de vista! Además estoy deseando empezar la facultad. Tiene que ser alucinante… se acabó empaparse de teorí­a absurda, ahora todo el dí­a entre ordenadores, dando las clases con proyectores en 3D… ¡seguro que hay androides experimentales andando por los pasillos!
Pero qué gilipollas se puede llegar a ser. Si me hubiesen contado el atracón de tiza y fotocopias que me esperaba, no me lo hubiera creí­do.
-Yo me voy a cambiar de colegio, en éste no me va bien. No me gusta como dan las clases, ¿sabes?. Mi padre me ha metido en el San Cipriano. Me ha dicho que me relaje este verano, pero que el curso que viene no puedo fallar. Le ha costado la matrí­cula cuatrocientas mil pelas…
El verano siguiente yo sufrí­a el desgarro esfinteriano tí­pico del primer año de carrera, y Pijoski habí­a aprobado COU con sobresaliente. Ya estaba matriculado de Economí­a en la Universidad de Fausto. Yo no me explicaba como habí­a ocurrido el milagro. Parecí­a efectivo eso de prenderle cuatrocientas mil velas a San Cipriano.

II.

Aquel verano no fue muy diferente para Pijoski. Iba y vení­a con su Golf estrenando billetes de cinco mil. Yo seguí­a yendo en bici a clases intensivas de inglés, y enseñando trigonometrí­a a otro enano, exactamente igual de insoportable que el anterior. Por las tardes me ahogaba entre circuitos de alterna e integración en dos variables.
Una dí­a, un amigo que curraba en un almacén me contó que al sábado siguiente tení­a que hacer un extra, pero que no podí­a. Necesitaba un sustituto así­ que habí­a pensado en mí­. El trabajo era fácil: vení­a un camión de cervezas y habí­a que descargarlo. Mil pelas por hora, cinco horas, y sólo le tení­a que dar a mi amigo cien duros por la consultorí­a. Eso eran casi dos semanas menos aguantando al enano.
Así­ que allí­ estaba yo, el sábado a las seis de la mañana, en la puerta del almacén. A la media hora llegó el camión, que resultó ser de largo como un tren. Las cajas de cerveza eran enormes. En total habrí­a unas ochocientas mil, y parecí­an estar soldadas unas a otras formando una especie de gran muralla china. Intenté levantar la primera pero no querí­a moverse. Lo intenté de nuevo y empecé a sudar. De pronto me acordé del enano. Me parecí­a una adorable criatura. ¿Estarí­a bien? ¿Tendrí­a alguna duda sobre trigonometrí­a? ¿Y si me echaba de menos?
Cuando llevaba veinte cajas me di cuenta de que en realidad toda mi vida habí­a querido dedicarme a la enseñanza. Pensé que lo mejor que podí­a hacer era salir corriendo de allí­ en ese mismo instante e ir a matricularme en magisterio.
A las doce habí­a acabado con las cervezas. Mil botellas. Estaba tan exhausto que podí­a sentir perfectamente el peso de mis cojones, y me parecí­a insoportable. Pensaba en amputármelos cuando el jefe de almacén me dijo:
-Bueno, vamos a lo de la promoción.
Resulta que habí­a una promoción veraniega: Encuentra tu Chipiklander. Cada botella de cerveza tení­a que llevar una anilla de plástico al cuello con un número, y para cada número habí­a una tarjeta con un premio. Me dieron una bolsa enorme con mil tarjetas y otra con mil anillas. Tení­a que coger una tarjeta, comprobar el premio, contabilizarlo en una lista, buscar la anilla correspondiente, y acoplarla a una botella con unos alicates especiales. Al menos ese trabajo podí­a hacerlo sentado. No tendrí­a que amputarme los cojones. A las tres de la tarde habí­a terminado. Contabilicé novecientos “sigue buscando”, cincuenta
“cerveza gratis”, cuarenta y ocho “rasca para ganar una gorra con ventilador”, y un Chipiklander. Faltaba un par tarjeta/anilla. Pensaba que iba a cobrar nueve horas, pero el jefe me dijo “Ahí­ van tus cinco mil”, y me regaló la cerveza que se habí­a quedado sin anilla. No me quedaban fuerzas para protestar así­ que me callé, cogí­ la bici y me fui a la playa, deje la cerveza en la arena y me morí­ en la toalla.
Pijoski apareció al rato.
-Chaval, que se te va a calentar la Nuremberg. Joder. Hasta ahora no habí­a reparado en la marca. Parece que cuando se manejan las cosas de cerca se le pasan a uno ciertos aspectos superficiales.
-Ahora vienen con una anilla, ¿no? Dicen que te puede tocar un reproductor de DVD.
-No, no vienen con ellas, lo cierto es que hay que ponérselas. Creo que de DVD nada, de cada mil cervezas novecientas no tienen premio, cincuenta tienen cerveza gratis, cuarenta y ocho rascas a ver si te toca una gorra, y una tiene un Chipiklander. La que sobra siempre se la regalan a algún gilipollas.
-Hala chaval, que control, ¿no? ¿Estás estudiando marketing?
Era un buen tí­o, es sólo que no tenia ni idea de dónde salí­an las cosas ni de lo que costaban. Para él los coches nuevos vení­an con aire acondicionado, no se lo instalaban individuos de manos callosas y grasientas en alguna oscura cadena de producción, y los billetes de cinco mil vení­an con la cartera, no significaban cien cajas de cerveza bajo el abrasador sol de Agosto un sábado al mediodí­a. La Nuremberg ahora vení­a con anilla. Para él las cosas nací­an en los escaparates. í‰l siempre solí­a hablar de todo con la misma ligereza. No sabí­a lo que pesaba una caja de cerveza.
-¿Sabes? El último año de carrera lo hago en Londres, y salgo licenciado y con Master en Dirección de Empresas -me contó.
-¿Y luego qué vas a hacer?
-Pues buscar un puesto de director…
Así­ de fácil. Desde niño me habí­a resultado intrigante el concepto de director. Recordaba haber ido con mis padres a algún concierto clásico. Unos doscientos tí­os sudaban la gota gorda con sus violines, sus contrabajos, sus trombones, y luego un tí­o de pie, sonriente con su traje impoluto, meneaba un palo. No entendí­a que clase de instrumento era ése. Una vez le pregunté a mi padre:
-Papá, ¿el palo suena como la flauta?
-El palo no suena, hijo. Se llama batuta y es para dirigir. Indica a los demás lo que tienen que hacer -me contestó.
Yo no podí­a entenderlo. A mí­ me parecí­a que los demás estaban pendientes cada uno de sus papeles. ¿Y qué pasaba si al del palo le daba un yuyu y se caí­a al suelo? Intentaba imaginarme a los músicos de pronto mirándose unos a otros confusos, preocupados, sin saber muy bien qué hacer, sufriendo la ausencia del palo de dirigir. Veinte años después aun me sigo haciendo la misma pregunta. Pero he aprendido que, a veces, el palo sí­ que suena como la flauta. Por casualidad.

III.

Pasó el tiempo y ya no nos vimos tanto. Yo compaginaba la carrera con un puesto de programador en una empresa lí­der en el sector, donde me mataba a currar y cobraba una mierda. Nos pagaban bastante menos que a los que trabajaban en la gran capital exactamente en el mismo puesto. Los gerentes siempre nos recordaban que “nosotros tení­amos la playa”. Parece ser que la playa la pagaba la empresa y nos la deducí­an del salario.
Mis veranos solí­an venir con segundas y terceras matrí­culas así­ que la playa la tení­a de fondo de pantalla.
Un dí­a de navidad Pijoski me llamó desde Londres:
-¡Feliz Navidad, chaval!
-Igualmente, ¿qué tal por allí­?
-Alucinante, tí­o. ¡Te tienes que venir! ¿Por qué no te escapas una semanita?
-Estarí­a bien… si sobrevivo a los exámenes de Febrero, intentaré tomarme unas vacaciones.
Con kilos de vaselina conseguí­ sobrevivir, así­ que me fui una semana a Londres. Me quedaba en la habitación de Pijoski en la Saint Posh Students Residence al lado de la Royal Monkey Business School. Pijoski no tení­a vacaciones, simplemente no iba a ir a clase en toda la semana. Luego tení­a exámenes.
-¿Y cuándo vas a prepararte los exámenes? -le pregunté.
-Bueno, en realidad casi todo son trabajos de investigación. Nos vamos al aula de Internet, nos bajamos cualquier cosa, lo cambiamos un poco y lo presentamos.
Vaya, ¿y esto era un Master en Dirección de Empresas? No querí­a ni imaginarme cuántas velas habí­a tenido que poner esta vez.
Lo primero que hicimos fue emborracharnos. Como cada viernes, la Royal Monkey organizaba una fiesta en uno de los amplios locales de la facultad, y allí­ que nos fuimos. Aquello estaba lleno de Pijoskis. Niños muy ricos que hablaban un inglés muy pobre y que acabarí­an moviendo la batuta en alguna parte.
Estábamos tomando unas pintas en una gran mesa de madera. Pijoski le enseñaba su portátil nuevo a un chaval que lucí­a un reloj de oro más o menos del tamaño de un donut.

-Me lo compré la semana pasada cuando me llegó la transferencia. Viene con BlueTooth.
-Pues yo ahora al mí­o le he comprado el Windows XP, que viene con mp3.
El del donut tampoco habí­a levantado nunca una caja de cerveza. Y el caso es que le mirabas y no parecí­a tonto. Yo creo que debí­a ser por el reloj.
-Tengo una asignatura de informática, ¿sabes? -me dijo Pijoski
-¡Vaya! ¿Y que os enseñan?
-Un poco de todo.
-Yo ahora estoy liado con Java -le comenté.
-Ah, Java está muy bien, ahora viene con correo electrónico de serie…
-¿¿Qué?? Ah, ¿te refieres a JavaMail? Bueno, ahora es que lo han integrado en la API del
J2EE, pero hace mucho que está disponible como paquete que podí­as descargar.
-Hala chaval, que control, ¿no?
Normal. Me habí­a descargado ya varios camiones de JavaMail. Apareció una alemana rubia, una preciosidad que más que andar parecí­a deslizarse sobre el suelo, saludó y se sentó con nosotros. Se dirigió a mí­:
-You are new here, aren’t you?
-Yep, just visiting. I’ll be gone in one week.
-Hala chaval, que control, ¿no? -empezaba a cansarme de la misma cantinela.
-Tú has estado en Estados Unidos, ¿no? -me preguntó el del donut.
-Si, muchas veces. Iba en bici.
En fin. Desconecté un poco del chaval del donut de oro y me dedique a charlar con la alemana. Reí­mos y bebimos y charlamos largo rato. Me gustaba la chavala. Era guapa e inteligente, y conectábamos bien. Pijoski me soltó:
-Chaval, esta piba me mola hace tiempo, ¿sabes? ¿Por qué no la convences para que se venga a la habitación esta noche?
-Pero tí­o, ¿quieres que te haga de mamporrero, o qué?
-Venga chaval, es que tú controlas más inglés…
Seguí­ conversando con la rubia y acabamos los tres en la habitación. Pijoski encendió unas velas e intentó poner música en el portátil, pero no pudo.
-¿Le puedes echar un ojo a lo del mp3, tú que controlas?
Realmente me estaba cansando del tema del control. Parece que en el mundo era mejor ser inútil, te quedaba más tiempo libre. Cogí­ el portátil, que tení­a uno de esos temas de escritorio de letra gótica amarilla sobre fondo psicotrópico diseñado para fundir la retina. Hice doble clic sobre un mp3, y en vez del tí­pico reloj de arena el puntero del ratón mostró una animación de toda la batalla de Troya. Luego se abrió el Notepad y me enseñó las tripas del fichero mp3.
Ya casi lo tení­a arreglado cuando me cayó encima un calcetí­n. Pijoski y la alemana se revolcaban sobre la cama.
-Eso ya está -dije-, me voy a dar una vuelta, ¿vale?
Pijoski me guiñó un ojo.
-Me ha tocado premio, chaval…

Sí­, y yo a rascarme la polla a ver si me tocaba una gorra con ventilador. Me preguntaba por qué. ¿Así­ de sencillo? Yo controlaba. Otro se llevaba el revolcón. Pero claro, aquel revolcón a mí­ no me pertenecí­a. Yo era un visitante, un intruso. í‰l siempre habí­a estado allí­, pertenecí­a a aquel sitio y aquel sitio le pertenecí­a a él. Habí­a nacido por encima de la lí­nea. Salí­ en silencio de la habitación, cerrando tras de mí­ la puerta marrón, y me hundí­ de nuevo en la mierda. Al menos ya sabí­a lo que era un Chipiklander.

IV.

Volví­ a mi carrera y a mi cubí­culo en la empresa lí­der en el sector que compraba playas para sus empleados. Me subieron muy poco el sueldo y muy mucho la responsabilidad. Me dedicaba a proyectos internacionales así­ que viajaba continuamente. Fumaba mucho, me administraba café por la ví­a intravenosa y una navidad la empresa me regaló un paraguas. En Agosto quedó una vacante de Gerente de Cuentas Internacionales; alguien habí­a tenido una crisis de stress y habí­a decidido dedicarse a la crí­a del berberecho. Me fui de vacaciones, sabiendo que a la vuelta me darí­an el puesto. Me pasé una semana tirado en la playa. Lo habí­a conseguido. Se acabó bucear en la mierda.
El uno de septiembre volví­ al trabajo. Revisé el correo electrónico atrasado: casi todo consultas del consultor. Claro, tení­a sentido. ¿Qué versión de JavaMail estamos usando?
Joder, no me acuerdo. Me conozco el paquete clase por clase y método por método. Pero se me ha vuelto a olvidar la marca de la cerveza. El último correo era una grata sorpresa: “Hoy se incorpora a la compañí­a, en el puesto de Gerente de Cuentas Internacionales, Borja Pijoski Sáez de la Minglanilla. Cuenta con amplia experiencia en dirección, está especializado en consultorí­a de Java y es bilingí¼e. Su despacho es el 205, no dudéis en pasar a darle la bienvenida…” Cielos. ¿Habrí­a vuelto a obrar San Cipriano? Me encaminé a su despacho. En la puerta habí­a una placa dorada: “Señor Pijoski”, subrayado con una lí­nea marrón.

Respiré hondo y golpeé tres veces sobre la puerta. Me iba a alegrar de verle pero sabí­a lo que me esperaba:
-Hala chaval, ¿¡pero que haces tú aquí­!?
-Pues lo de siempre. Descargar camiones y hacer de mamporrero para que tú te lleves el
Chipiklander.

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  1. June 23rd, 2009 at 15:32 | #1

    Aquí­ os dejo abrir un e-libro muy útil para que lo miréis, se llama “Manual y espejo de cortesanos”, de C. Martí­n Pérez.

    http://www.personal.able.es/cm.perez/comentarioslibros.html
    http://www.personal.able.es/cm.perez/Manual_y_espejo_de_cortesanos.pdf

    Simula, disimula, no ofendas a nadie y de todos desconfí­a: antiguo consejo para un joven Rey Sol que te servirá para desenvolverte y medrar en la Corte en la que todos sobrevivimos. Donde hay un grupo de personas, existirá una lucha por el poder, alguien lo conseguirá y a su sombra crecerán los cortesanos que conspirarán para quitárselo o para agarrarse a una porción de poder dentro de su Corte. Tal vez aún no te hayan contado cómo funciona todo esto. Te guste o no, ya estás metido de lleno en la Corte y es mejor que domines sus reglas. Despierta, otros ya te llevan ventaja. Es hora de medrar.

    Saludos

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